Prometimos sin saberlo, ––quizás sin quererlo–– que el mañana tendría tu nombre y el mío guardado en la espalda del viento. Pero el tiempo, ese ladrón silencioso, se llevó lo que quedaba entre tus manos y dejó en las mías solo un murmullo de orgullo herido. Y yo, por preguntar demasiado, abrí grietas donde había luz; quería entender tu sombra, quería sostener la última palabra que nos quedaba viva. Pregunté por qué , y en ese por qué se me fue la voz. Y al quedarme callado, supe que también se me iba tu nombre. Tú, por no saber nada de mí, cerraste la puerta antes de que el eco de mis pasos anunciara mi regreso. Callaste, y tu silencio se volvió costumbre, como si mis cartas fueran hojas secas sin dirección. Y así quedaron nuestras promesas: anclas sueltas en un mar sin puerto, campanas que repiten su sonido sin que nadie recuerde quién las tocó primero. Quizás fuimos orgullo disfrazado de amor, o amor disfrazado de certeza. Quizás solo fuimos dos voce...