Mi miedo camina conmigo,
y durante años fue mi guía:
iba delante,
alzaba su voz oscura
para decirme por dónde no ir,
qué puertas no tocar,
qué sueños no llamar por su nombre.
Era un guardián extraño,
hecho de ecos y de sospechas,
tejido con los hilos invisibles
de lo que nunca había vivido.
Yo, que nací con luz,
crecí creyendo que la sombra era más fuerte.
Me arrodillé ante ella
como ante un dios que exige tributos,
y en su culto silencioso
fui perdiendo parte de mí.
Pero un día —sin aviso,
sin profecía,
sin trueno ni revelación—
lo miré de frente.
Y entonces sucedió:
la sombra tembló,
no porque fuera débil,
sino porque nunca había sido vista.
En su temblor descubrí algo:
el miedo no era enemigo,
sino un mensajero;
un guardián de mis rincones sagrados,
un vigía cansado
que solo quería descansar.
Lo toqué con mis manos
como quien toca el borde de un misterio.
Sentí que no era frío,
que había latido,
que dentro de él vivía un trozo de mi historia
que yo nunca había abrazado.
Y así caminé hacia él,
no para destruirlo,
sino para integrarlo.
Mi miedo caminó conmigo,
pero ya no delante:
se puso a mi lado,
como un compañero antiguo
que por fin comprendió su lugar.
Aprendí, entonces,
que en la sombra también puede haber luz:
una luz suave,
humilde,
la luz que ilumina por dentro
pero no enceguece;
la luz que revela sin herir;
la luz que nace
cuando un corazón decide mirarse sin juicio.
Desde aquel día,
mi miedo dejó de ser un muro
y se volvió un espejo.
En él me veo entero:
fragmento y totalidad,
llaga y sanación,
hombre de polvo
y alma de eternidad.
He descubierto que la sombra
no es un reino maldito,
sino un templo secreto
donde la luz aprende a ser luz.
Y ahora camino,
no sin miedo,
sino con él,
porque entiendo que algunas verdades
solo se revelan
a quienes se atreven a entrar
en la noche de sí mismos
sin apagar la lámpara del espíritu.
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