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El Amor....

 



El amor no se manifiesta primero en grandes palabras.

Aparece en lo cotidiano.
En un gesto repetido sin cansancio.
En la atención que no exige ser vista.
Uno ofrece algo sencillo al comenzar el día.
El otro devuelve algo que no se puede medir.
Y sin decirlo ambos saben que ahí ocurre lo esencial.

Amar es intercambiar cuidados distintos.
Uno da lo que puede tocarse.
El otro da descanso interior.
Uno acompaña con actos visibles.
El otro retira una tristeza antigua sin nombrarla.
No porque la niegue sino porque la recibe sin juicio.

En el amor cada uno hace algo pequeño y recibe algo grande.
Se entregan detalles que parecen mínimos.
Una salida.
Un recuerdo preparado con tiempo.
Un vaso de agua ofrecido sin que sea pedido.
Y del otro lado llega algo más hondo.
Aceptación.
Permanencia.
La posibilidad de ser sin corregirse todo el tiempo.

Hay una forma de conocimiento que solo nace en la convivencia.
Saber cuándo la mente del otro se aleja.
Reconocer cuándo el silencio no es distancia sino cansancio.
Percibir la soledad antes de que se diga.
Y dejar que el otro la vea sin vergüenza.
Eso es intimidad verdadera.

El amor no elimina las imperfecciones.
Las vuelve secundarias.
Los gestos torpes.
Las pequeñas vanidades.
Las costumbres inútiles.
Todo eso pierde peso cuando hay alguien para quien seguimos siendo necesarios.
No por lo que logramos sino por lo que somos.

De todos los sueños posibles hay uno que ordena a los demás.
No el más ruidoso.
No el más ambicioso.
Sino el que da sentido a todo lo demás.
Sin él los logros se vuelven huecos.
Las metas se vuelven dispersión.
El esfuerzo pierde dirección.

El amor también cuida el espacio.
Calienta cuando el entorno se vuelve frío.
Ilumina sin invadir.
No promete ausencia de dolor.
Promete compañía.
Y esa promesa sostenida transforma incluso el miedo.

Hay una esperanza compartida que no necesita garantías.
Uno espera.
El otro también.
No como resignación sino como confianza.
El tiempo deja de ser amenaza.
Se vuelve espera habitada.

Cuando el amor está presente todo encuentra su lugar.
El comienzo.
El proceso.
Incluso el final.
No porque sea fácil sino porque ya no se camina solo.

Y entonces se comprende algo con claridad serena.
Sin ese vínculo todo lo demás pierde peso.
No porque no valga nada.
Sino porque ya no sabe hacia dónde ir.

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