No fue un instante, ni una decisión aislada, ni siquiera un pensamiento claro lo que la condujo hasta ese borde; fue, más bien, una lenta desintegración del alma, como si cada día hubiese arrancado de ella una pequeña certeza, una pequeña luz, hasta dejarla finalmente en una penumbra donde ya no era posible distinguir entre vivir y simplemente permanecer. Hay sufrimientos que no hieren la superficie, sino que penetran como una humedad invisible, deshaciendo desde dentro la estructura misma del ser; y quien no los ha conocido, habla con una facilidad casi cruel sobre la voluntad, sobre la elección, sobre la vida como si fuera siempre un terreno firme. Pero ¿qué es la voluntad cuando el alma ha sido violentada? ¿Qué significa “elegir” cuando el interior ya no responde, cuando la memoria se convierte en un enemigo, cuando el propio cuerpo se vuelve un lugar inhabitable? No, no fue la muerte lo que ella buscó —eso sería concederle una claridad que tal vez nunca tuvo—; lo que bu...