No siempre sabemos cuándo comenzamos a alejarnos. No hay un instante claro ni una decisión solemne. A veces es solo una distracción aceptada una prisa sin examen una palabra no pronunciada. Y poco a poco el corazón se vuelve menos atento menos disponible menos despierto. No dejamos de creer. Pero dejamos de escuchar. El pecado no entra como violencia. Entra como cansancio como olvido como una leve pérdida del amor primero. No nos volvemos malos. Nos volvemos dispersos. Y sin embargo Dios no se retira. Permanece. No acusa. No se impone. Espera como espera el padre que conoce el camino del hijo incluso cuando este se aleja. No vigila. Aguarda. Hay en nosotros una nostalgia que no se apaga. Un recuerdo que no sabemos nombrar. Algo que duele sin ser herida. Es la memoria del paraíso no como pasado sino como vocación. No lo hemos perdido del todo. Lo hemos olvidado. Cristo no viene a reprochar la caída. Viene a sentarse a nuestro lado en el polvo. No levanta con fuerza. ...