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reflexión sobre la eutanasia

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Mi gran amistad...

No siempre sabemos cuándo comenzamos a alejarnos. No hay un instante claro ni una decisión solemne. A veces es solo una distracción aceptada una prisa sin examen una palabra no pronunciada. Y poco a poco el corazón se vuelve menos atento menos disponible menos despierto. No dejamos de creer. Pero dejamos de escuchar. El pecado no entra como violencia. Entra como cansancio como olvido como una leve pérdida del amor primero. No nos volvemos malos. Nos volvemos dispersos. Y sin embargo Dios no se retira. Permanece. No acusa. No se impone. Espera como espera el padre que conoce el camino del hijo incluso cuando este se aleja. No vigila. Aguarda. Hay en nosotros una nostalgia que no se apaga. Un recuerdo que no sabemos nombrar. Algo que duele sin ser herida. Es la memoria del paraíso no como pasado sino como vocación. No lo hemos perdido del todo. Lo hemos olvidado. Cristo no viene a reprochar la caída. Viene a sentarse a nuestro lado en el polvo. No levanta con fuerza. ...

El Amor....

  El amor no se manifiesta primero en grandes palabras. Aparece en lo cotidiano. En un gesto repetido sin cansancio. En la atención que no exige ser vista. Uno ofrece algo sencillo al comenzar el día. El otro devuelve algo que no se puede medir. Y sin decirlo ambos saben que ahí ocurre lo esencial. Amar es intercambiar cuidados distintos. Uno da lo que puede tocarse. El otro da descanso interior. Uno acompaña con actos visibles. El otro retira una tristeza antigua sin nombrarla. No porque la niegue sino porque la recibe sin juicio. En el amor cada uno hace algo pequeño y recibe algo grande. Se entregan detalles que parecen mínimos. Una salida. Un recuerdo preparado con tiempo. Un vaso de agua ofrecido sin que sea pedido. Y del otro lado llega algo más hondo. Aceptación. Permanencia. La posibilidad de ser sin corregirse todo el tiempo. Hay una forma de conocimiento que solo nace en la convivencia. Saber cuándo la mente del otro se aleja. Reconocer cuándo el s...

¿ Todavia esta la edad ?

  Hay una edad en la que el cuerpo todavía aprende a caer. No entiende del todo el dolor pero lo recuerda con una nitidez que no abandona. Una caída en la hierba. Un hueso que se rompe. Un perfume que queda unido para siempre a la fragilidad. Así comienza la memoria. No como nostalgia sino como marca. En la infancia el mundo no está dividido aún en éxito y fracaso. Está hecho de carreras torpes. De amistades inmediatas. De una confianza que no se pregunta si será traicionada. Todo ocurre sin cálculo. Y precisamente por eso duele cuando se rompe. El corazón aprende temprano que puede abrirse y quebrarse en el mismo lugar. Luego vienen los años en que el tiempo parece ancho. Las amistades se juran eternas sin saber lo que dicen. Se pierden algunas sin despedida. Otras se desgastan sin pelea. No hay culpa clara. Solo distancia. Y la distancia también educa. Crecer no siempre se siente como avance. A veces se siente como alejamiento. De los campos abiertos. De l...

Como lo hacen las personas reales

  Tuve un pensamiento, querido, uno que no se dice en voz alta, uno que tiembla como tierra recién removida en medio de la noche. Había bichos, había suciedad, había preguntas que nadie hace porque sabe que no soportaría la respuesta. Te vi cavar. No con las manos solamente, sino con la mirada. Y supe que no toda tumba guarda muerte; algunas esconden miedo, otras vergüenza, otras un nombre que dolía pronunciar. No te pregunté qué enterraste. Hay amores que no nacen de la curiosidad, sino del respeto. Antes de que esas manos me sacaran de la tierra, yo también estaba enterrado. No por culpa, sino por cansancio. Hay silencios que pesan como lápidas. No te preguntaré de dónde vienes. No porque no me importe, sino porque no todo origen necesita ser desenterrado para ser amado. Acércate. No con respuestas, sino con presencia. Pon tus labios donde las palabras ya no alcanzan. Besémonos no como los que se esconden, ni como los que consumen, sin...

¿Nacimos enfermos?

Mi amada tiene humor, ríe incluso en los funerales, no porque desprecie la muerte, sino porque se le resiste. Es la carcajada frágil de la vida cuando se niega a rendirse. Ella conoce la desaprobación del mundo, sabe que existir es ya una ofensa para el vacío. Y aun así camina. Y yo —tarde— comprendí que debí venerarla antes, no como ídolo, sino como don. Si los cielos hablaran, no lo harían con gritos, sino con pulsos: en el latido, en la luz, en la conciencia que no se explica sola. Cada domingo sin sentido no es culpa del cielo, sino del veneno nuevo que aprendimos a beber. “Nacimos enfermos”, lo escuché decir. Y es verdad a medias: estamos heridos, divididos, capaces de amar y destruir con la misma mano. Pero ninguna herida explica por sí sola el amor por la vida. Mi iglesia a veces calla, y el mundo predica. Me dicen: “Adora en lo íntimo, haz de tu deseo un templo, reduce el cielo a un instante manejable”. Pero la vida —mi amada— no cabe en un...

Promesas en el eco

Prometimos sin saberlo, ––quizás sin quererlo–– que el mañana tendría tu nombre y el mío guardado en la espalda del viento. Pero el tiempo, ese ladrón silencioso, se llevó lo que quedaba entre tus manos y dejó en las mías solo un murmullo de orgullo herido. Y yo, por preguntar demasiado, abrí grietas donde había luz; quería entender tu sombra, quería sostener la última palabra que nos quedaba viva. Pregunté por qué , y en ese por qué se me fue la voz. Y al quedarme callado, supe que también se me iba tu nombre. Tú, por no saber nada de mí, cerraste la puerta antes de que el eco de mis pasos anunciara mi regreso. Callaste, y tu silencio se volvió costumbre, como si mis cartas fueran hojas secas sin dirección. Y así quedaron nuestras promesas: anclas sueltas en un mar sin puerto, campanas que repiten su sonido sin que nadie recuerde quién las tocó primero. Quizás fuimos orgullo disfrazado de amor, o amor disfrazado de certeza. Quizás solo fuimos dos voce...