Mi amada tiene humor,
ríe incluso en los funerales,
no porque desprecie la muerte,
sino porque se le resiste.
Es la carcajada frágil
de la vida
cuando se niega a rendirse.
Ella conoce la desaprobación del mundo,
sabe que existir es ya una ofensa
para el vacío.
Y aun así camina.
Y yo —tarde—
comprendí que debí venerarla antes,
no como ídolo,
sino como don.
Si los cielos hablaran,
no lo harían con gritos,
sino con pulsos:
en el latido,
en la luz,
en la conciencia que no se explica sola.
Cada domingo sin sentido
no es culpa del cielo,
sino del veneno nuevo
que aprendimos a beber.
“Nacimos enfermos”,
lo escuché decir.
Y es verdad a medias:
estamos heridos,
divididos,
capaces de amar y destruir
con la misma mano.
Pero ninguna herida
explica por sí sola
el amor por la vida.
Mi iglesia a veces calla,
y el mundo predica.
Me dicen:
“Adora en lo íntimo,
haz de tu deseo un templo,
reduce el cielo
a un instante manejable”.
Pero la vida —mi amada—
no cabe en un cuarto,
no se deja poseer.
No es cielo privado,
es vocación.
Nací herido, sí,
pero no para amar la herida.
Y aun así clamo,
aunque no siempre sepa a quién:
ordéname estar bien.
Amén.
Porque amar la vida
es confesar que debería ser más,
que no fue hecha para pudrirse,
ni para ser sacrificada
a altares falsos.
La vida no pide muerte sin muerte;
pide plenitud.
No hay ritual sin señor,
no hay adoración sin objeto.
Y cuando el rito comienza,
siempre se revela
a quién obedecemos.
No hay inocencia más dulce
que la verdad vivida
sin máscaras.
En el polvo de esta escena humana,
solo soy verdaderamente hombre
cuando no finjo estar limpio,
cuando acepto que la vida es don
y no botín.
Entonces la pregunta cambia,
pero no desaparece:
Si la vida es tan amada,
¿por qué muere?
Si es tan bella,
¿por qué sangra?
Si no hay más allá,
¿por qué la defendemos
como si fuera sagrada?
Tal vez no nacimos sanos.
La herida es real.
Pero amar la vida
ya es una confesión:
esperamos su curación.
Y si existe un Médico
que no vino a despreciarla,
sino a cargarla,
no a huir de la carne,
sino a asumirla—
entonces la vida
no es mi diosa,
es mi testigo.
Y yo no la adoro.
La recibo.
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