Hay una edad en la que el cuerpo todavía aprende a caer.
No entiende del todo el dolor pero lo recuerda con una nitidez que no abandona.
Una caída en la hierba.
Un hueso que se rompe.
Un perfume que queda unido para siempre a la fragilidad.
Así comienza la memoria.
No como nostalgia sino como marca.
En la infancia el mundo no está dividido aún en éxito y fracaso.
Está hecho de carreras torpes.
De amistades inmediatas.
De una confianza que no se pregunta si será traicionada.
Todo ocurre sin cálculo.
Y precisamente por eso duele cuando se rompe.
El corazón aprende temprano que puede abrirse y quebrarse en el mismo lugar.
Luego vienen los años en que el tiempo parece ancho.
Las amistades se juran eternas sin saber lo que dicen.
Se pierden algunas sin despedida.
Otras se desgastan sin pelea.
No hay culpa clara.
Solo distancia.
Y la distancia también educa.
Crecer no siempre se siente como avance.
A veces se siente como alejamiento.
De los campos abiertos.
De las tardes largas.
De una forma de alegría que no necesitaba explicación.
El cuerpo avanza.
La vida se organiza.
Pero algo en el interior empieza a desear el retorno.
No al lugar sino al estado del alma.
Hay una edad en que se experimenta la libertad sin forma.
Se desafía el límite no por rebeldía profunda sino por desconocimiento.
Se besa mal.
Se bebe demasiado.
Se ríe sin pensar en el día siguiente.
No porque se busque el vacío sino porque todavía no se ha aprendido a llenarse.
El error aquí no es tragedia.
Es aprendizaje torpe.
Con el tiempo cada uno toma un camino distinto.
No por traición sino por necesidad.
Uno se queda.
Otro se va.
Alguien forma una familia.
Otro carga una pérdida que nadie vio venir.
Algunos resisten.
Otros apenas se sostienen.
Y aun así todos pertenecen al mismo origen.
No porque compartan destino sino porque compartieron formación.
La memoria no idealiza del todo.
Recuerda también lo incompleto.
Lo mal hecho.
Lo dicho a medias.
Pero lo recuerda con una ternura que el presente no siempre permite.
Porque el pasado no exige rendimiento.
Solo presencia.
Volver no siempre significa regresar físicamente.
A veces es reconocer que esas personas y esos caminos nos hicieron quienes somos.
Que incluso las heridas tempranas educaron el corazón.
Que no se crece solo por aciertos sino por vínculos.
Y que la identidad no se construye en soledad.
Hay una verdad silenciosa en todo esto.
No somos solo lo que logramos.
Somos también lo que recordamos con gratitud.
La casa no es solo un lugar.
Es el punto donde la memoria y el amor coinciden sin defenderse.
El anhelo de volver no es regresión.
Es deseo de unidad.
De reconciliar lo que fuimos con lo que somos.
De no despreciar la infancia ni absolutizarla.
De caminar hacia adelante sin olvidar el origen.
Y en ese movimiento el corazón se aquieta.
No porque todo esté resuelto.
Sino porque reconoce que ha sido acompañado desde el principio.
Incluso cuando no sabía nombrarlo.

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