A veces, cuando me hablas,
hay algo en tu voz que tiembla,
como si no supieras si mereces ser escuchada.
Y yo me quedo callado…
porque lo único que quiero
es que tú sepas que aquí estoy,
que no me iré.
Sé que has pasado por cosas
que no siempre se dicen en voz alta,
que te dejaron marcas invisibles
que solo tú sabes cómo duelen.
Lo noto en la forma en que te tocas el brazo
cuando te sientes insegura,
en cómo a veces te escondes dentro de ti
aunque estés justo frente a mí.
Pero si tú supieras cómo te veo…
No con lástima, nunca.
Con admiración.
Con una ternura tan grande que me cuesta no abrazarte fuerte
cada vez que sonríes a pesar del miedo.
No tienes que demostrarme fuerza.
No tienes que fingir que estás entera todo el tiempo.
Yo estoy aquí también para sostenerte
cuando no te alcance el día,
cuando tus pensamientos se vuelvan pesados,
cuando sientas que nadie puede entenderte.
Quiero intentarlo contigo.
No por lo fácil.
Sino porque en ti vi algo real,
algo valiente,
algo que florece incluso después de la tormenta.
Si me dejas,
te cuidaré como quien sostiene algo frágil sin romperlo.
Te amaré sin hacer ruido,
sin prisa,
y sin exigencias.
Y si algún día dudas de ti misma,
si piensas que no mereces que alguien se quede,
recuerda esto:
yo elijo quedarme.
Porque tu alma brilla incluso en sus sombras,
y yo no vine a salvarte.
Vine a caminar contigo.

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