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Promesas en el eco



Prometimos sin saberlo,
––quizás sin quererlo––
que el mañana tendría tu nombre
y el mío guardado en la espalda del viento.

Pero el tiempo, ese ladrón silencioso,
se llevó lo que quedaba entre tus manos
y dejó en las mías
solo un murmullo de orgullo herido.

Y yo, por preguntar demasiado,
abrí grietas donde había luz;
quería entender tu sombra,
quería sostener la última palabra
que nos quedaba viva.

Pregunté por qué,
y en ese por qué se me fue la voz.
Y al quedarme callado,
supe que también se me iba tu nombre.

Tú,
por no saber nada de mí,
cerraste la puerta antes de que el eco
de mis pasos anunciara mi regreso.
Callaste,
y tu silencio se volvió costumbre,
como si mis cartas
fueran hojas secas sin dirección.

Y así quedaron nuestras promesas:
anclas sueltas en un mar sin puerto,
campanas que repiten su sonido
sin que nadie recuerde
quién las tocó primero.

Quizás fuimos orgullo disfrazado de amor,
o amor disfrazado de certeza.
Quizás solo fuimos dos voces
perdiéndose en la distancia
que crearon las preguntas
y los miedos que nunca dijimos.

Hoy no te culpo.
Tampoco me absuelvo.
Solo sé que las promesas,
las nuestras,
se quedaron suspendidas en el aire,
como un eco que aún responde
cuando pronuncio tu nombre,
aunque tú ya no escuches,
aunque yo ya no pregunte.

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