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Como lo hacen las personas reales

 



Tuve un pensamiento,
querido,
uno que no se dice en voz alta,
uno que tiembla
como tierra recién removida
en medio de la noche.

Había bichos,
había suciedad,
había preguntas que nadie hace
porque sabe
que no soportaría la respuesta.

Te vi cavar.
No con las manos solamente,
sino con la mirada.
Y supe
que no toda tumba guarda muerte;
algunas esconden miedo,
otras vergüenza,
otras un nombre que dolía pronunciar.

No te pregunté
qué enterraste.
Hay amores que no nacen
de la curiosidad,
sino del respeto.

Antes de que esas manos
me sacaran de la tierra,
yo también estaba enterrado.
No por culpa,
sino por cansancio.
Hay silencios
que pesan como lápidas.

No te preguntaré de dónde vienes.
No porque no me importe,
sino porque no todo origen
necesita ser desenterrado
para ser amado.

Acércate.
No con respuestas,
sino con presencia.
Pon tus labios
donde las palabras ya no alcanzan.

Besémonos
no como los que se esconden,
ni como los que consumen,
sino como lo hacen
las personas reales:
con temblor,
con cuidado,
con verdad.

Conocí esa mirada.
La he visto antes:
ojos que buscan
no placer,
sino descanso.
Ojos de alguien
que cavó hace mucho tiempo
y aún lleva tierra
bajo las uñas del alma.

No te preguntaré
por qué te arrastrabas.
Algunas caídas
ya se explican solas.
El dolor tiene un idioma
que no necesita interrogatorios.

Así que no preguntes tú tampoco.
Quédate.
Respira.
Deja que el beso
sea un acto de fe humilde:
dos heridas
que no se usan,
sino que se reconocen.

Podríamos besarnos
como lo hacen las personas reales:
no para olvidar el pasado,
sino para no dejar
que tenga la última palabra.

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