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Mostrando entradas de enero, 2026

Como lo hacen las personas reales

  Tuve un pensamiento, querido, uno que no se dice en voz alta, uno que tiembla como tierra recién removida en medio de la noche. Había bichos, había suciedad, había preguntas que nadie hace porque sabe que no soportaría la respuesta. Te vi cavar. No con las manos solamente, sino con la mirada. Y supe que no toda tumba guarda muerte; algunas esconden miedo, otras vergüenza, otras un nombre que dolía pronunciar. No te pregunté qué enterraste. Hay amores que no nacen de la curiosidad, sino del respeto. Antes de que esas manos me sacaran de la tierra, yo también estaba enterrado. No por culpa, sino por cansancio. Hay silencios que pesan como lápidas. No te preguntaré de dónde vienes. No porque no me importe, sino porque no todo origen necesita ser desenterrado para ser amado. Acércate. No con respuestas, sino con presencia. Pon tus labios donde las palabras ya no alcanzan. Besémonos no como los que se esconden, ni como los que consumen, sin...

¿Nacimos enfermos?

Mi amada tiene humor, ríe incluso en los funerales, no porque desprecie la muerte, sino porque se le resiste. Es la carcajada frágil de la vida cuando se niega a rendirse. Ella conoce la desaprobación del mundo, sabe que existir es ya una ofensa para el vacío. Y aun así camina. Y yo —tarde— comprendí que debí venerarla antes, no como ídolo, sino como don. Si los cielos hablaran, no lo harían con gritos, sino con pulsos: en el latido, en la luz, en la conciencia que no se explica sola. Cada domingo sin sentido no es culpa del cielo, sino del veneno nuevo que aprendimos a beber. “Nacimos enfermos”, lo escuché decir. Y es verdad a medias: estamos heridos, divididos, capaces de amar y destruir con la misma mano. Pero ninguna herida explica por sí sola el amor por la vida. Mi iglesia a veces calla, y el mundo predica. Me dicen: “Adora en lo íntimo, haz de tu deseo un templo, reduce el cielo a un instante manejable”. Pero la vida —mi amada— no cabe en un...