Nunca creí que llegaría aquí. No fui santo, ni fuerte, ni sabio. Amé mal, y a veces, ni siquiera amé. Viví en madrigueras del alma, escondiéndome de un Dios que creía que no me quería ver. Me enseñaron a temerle, pero no a confiar. Y sin confianza, el corazón se muere aunque el cuerpo camine. Yo era eso: una sombra que fingía estar viva, hasta que una noche sin estrellas, cuando ya no tenía fuerzas para orar, Él vino. No con fuego, ni con truenos, sino con un silencio lleno de ternura. Se sentó junto a mí. Y solo dijo mi nombre como si lo hubiera dicho mil veces antes. No entendí. No podía. ¿Cómo se ama así? Pero no me pidió explicaciones. Tampoco me mostró mis fallas. Solo me ofreció descanso. Y un lugar. Y ahora que todo termina, ahora que mi aliento ya no pesa, entiendo algo: No se trata de merecer. Se trata de rendirse al amor que no se cansa. Y al cruzar el umbral, cuando mis pasos ya no sean míos, la última palabra no será juicio, n...