Perdí a dos personas
que conocían mis silencios.
Dos amigos que sabían leerme
sin que yo dijera una sola palabra.
Y aunque sus nombres ya no aparecen en mi bandeja,
aunque sus risas no estén en mis días,
hay partes de mí que aún les hablan en secreto.
No sé si fue el tiempo,
los caminos que se separan sin querer,
o los errores que nunca nos atrevimos a perdonar.
Solo sé que duelen.
Porque fueron reales.
Y porque ya no volverán.
Murieron.
Y algo en mí murió con ellos.
Un eco, una versión de mí que solo ellos conocían.
Una complicidad que ya no se repite.
Pero no todo está perdido.
Hoy me rodean personas buenas.
Gente que me escucha sin juzgar,
que no intenta llenar los vacíos,
pero me ofrece abrigo mientras los llevo.
No reemplazan lo que se fue,
y no tienen que hacerlo.
Porque no se trata de olvidar,
sino de aprender a mirar hacia los lados
y reconocer que el amor,
aunque cambie de forma,
sigue llegando.
Y cuando río,
cuando comparto un silencio nuevo,
cuando dejo que alguien más se acerque,
yo sé que algo de ellos también está ahí.
En mi voz.
En mi forma de amar.
En lo que aprendí gracias a ellos.
Así que esto es para ustedes, hermanos:
no los olvido.
Los llevo.
Y cada día que sobrevivo un poco mejor,
también es por ustedes.

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