No siempre sabemos cuándo comenzamos a alejarnos.
No hay un instante claro ni una decisión solemne.
A veces es solo una distracción aceptada una prisa sin examen una palabra no pronunciada.
Y poco a poco el corazón se vuelve menos atento menos disponible menos despierto.
No dejamos de creer.
Pero dejamos de escuchar.
El pecado no entra como violencia.
Entra como cansancio como olvido como una leve pérdida del amor primero.
No nos volvemos malos.
Nos volvemos dispersos.
Y sin embargo Dios no se retira.
Permanece.
No acusa.
No se impone.
Espera como espera el padre que conoce el camino del hijo incluso cuando este se aleja.
No vigila.
Aguarda.
Hay en nosotros una nostalgia que no se apaga.
Un recuerdo que no sabemos nombrar.
Algo que duele sin ser herida.
Es la memoria del paraíso no como pasado sino como vocación.
No lo hemos perdido del todo.
Lo hemos olvidado.
Cristo no viene a reprochar la caída.
Viene a sentarse a nuestro lado en el polvo.
No levanta con fuerza.
Ofrece su mano.
Y espera.
El Espíritu no grita.
Susurra.
Se mueve en los márgenes del alma.
En lo pequeño.
En lo que no se defiende.
En lo que no busca imponerse.
Donde hay mansedumbre Él permanece.
La oración no es decir mucho.
Es quedarse.
Permanecer delante de Dios sin máscaras.
A veces sin palabras.
A veces sin consuelo.
Pero sin huir.
El nombre de Jesús se vuelve refugio cuando ya no sabemos qué decir.
No como fórmula.
Como presencia.
Se posa en el corazón como la luz del atardecer.
Sin ruido.
Sin violencia.
Transformándolo todo sin que sepamos cómo.
La Iglesia no es una idea.
Es un cuerpo herido que respira.
Una madre que no siempre entiende pero nunca abandona.
En los sacramentos no hay espectáculo.
Hay fidelidad.
Dios vuelve a darse incluso cuando nosotros no sabemos recibir.
El amor no nos hace perfectos.
Nos hace verdaderos.
Revela las grietas.
Y nos enseña que esas grietas pueden volverse lugar de paso para la gracia.
No sanamos primero para amar.
Amamos y en ese amor comenzamos a sanar.
Los santos no son invulnerables.
Son hombres y mujeres que no huyeron cuando la luz mostró su pobreza.
No se endurecieron.
No se justificaron.
Aprendieron a confiar incluso en su fragilidad.
Hay una sabiduría que solo llega con la paciencia.
No se aprende leyendo.
Se aprende soportando.
Perdonando.
Esperando.
Cayendo y levantándose sin orgullo ni desesperación.
El Reino no irrumpe como conquista.
Se insinúa.
Como semilla que crece en silencio.
Como paz que no depende de las circunstancias.
Como alegría sobria que no necesita explicarse.
Y un día comprendemos que Dios no pedía grandezas.
Solo fidelidad.
Solo un corazón que no se cierre del todo.
Solo permanecer un poco más.
Comentarios
Publicar un comentario