Dios…
si me oyes, no calles.
No me dejes hablándole al silencio
como quien lanza piedras a un pozo sin fondo.
Estoy aquí,
con los ojos llenos de noche
y el alma rota en pedazos que ya no sé juntar.
No quiero respuestas perfectas,
ni milagros de vitrina.
Solo un susurro tuyo
que me diga que no estoy solo,
que este dolor no es eterno,
que aún soy tu hijo aunque no me reconozca.
¿Por qué pesa tanto este corazón, Señor?
¿Por qué me das amor si duele perderlo?
¿Por qué me haces sentir tanto
si a veces todo lo que amo se va?
Me enseñaron que tú no abandonas,
pero hay días en los que mi fe
es solo una vela temblando en el viento.
Y aún así, aquí estoy.
Sin fuerzas,
sin certezas,
pero hablándote.
Porque si no eres tú,
¿entonces quién?
Si no me abrazas tú,
¿quién sabrá qué tan frío es el fondo?
Si no me amas tú,
¿quién podrá amar estos restos de mí?
Háblame, Señor.
Aunque sea bajito.
Aunque no entienda.
Pero háblame.
Antes de que este silencio
se vuelva mi tumba.

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