A veces sueño con un bosque.
No uno oscuro, ni temible.
Un bosque tranquilo, cubierto de hojas secas
y árboles altos que no preguntan quién eres.
Allí no hay juicios,
ni relojes,
ni voces que exijan que vuelva a ser fuerte.
Solo brisa,
tierra húmeda,
y el susurro de los pájaros que no se apuran.
Me perdería ahí.
No para escapar,
sino para por fin descansar del peso de ser.
Caminaría sin rumbo
hasta que el sol empezara a caer,
y me sentaría entre raíces que parecen abrazos,
mirando el cielo volverse oro y sangre.
Y tal vez,
solo tal vez,
moriría allí.
No por tristeza.
No por rendirme.
Sino porque a veces el alma se cansa
de llevar tantas despedidas dentro.
Morir viendo un atardecer
es lo más cerca que conozco de la paz.
Que el último suspiro no sea un grito,
sino un susurro agradecido
por todo lo que alguna vez fue amor,
aunque doliera.
Y que nadie me busque.
El bosque sabrá qué hacer conmigo

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