Me estoy muriendo,
pero no como en los cuentos,
no con lágrimas ni relámpagos.
Me muero en pedacitos
cada vez que el mundo no me escucha,
cada vez que mi nombre no resuena en nadie.
Es un morir suave,
como una vela que no espera el viento,
solo se apaga,
porque ya no tiene a quién alumbrar.
He dejado de luchar contra la noche.
Ahora la dejo entrar
como se deja entrar al frío
cuando uno ya no tiene fuerzas para cerrar la ventana.
La soledad no grita.
Solo se sienta a mi lado,
me mira con ojos de espejo
y me dice:
“Aquí estoy, por si nadie más vuelve.”
Y así me voy,
no con odio,
no con miedo,
sino con esa calma triste
de quien ya no espera ser salvado.
Si muero,
que no haya ruido.
Solo un cuerpo quieto
y una brisa leve
llevando mi último pensamiento:
"Que al menos este silencio me escuche."

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