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Cuando la Voz me llame por mi nombre

 



Cuando todo haya callado,
y mi aliento sea un suspiro final
que se entrega al viento,
no temeré la sombra.
Porque más allá de ella
me espera la Luz
que nunca se apaga.

Los cielos no son de mármol,
ni las calles de oro me importarán tanto
como esa Voz…
la que partió el silencio primordial
para decir:
“Sea la luz.”

Y ahora, al final de mi jornada,
cuando el alma ya no cargue su peso,
la oiré otra vez,
pero esta vez,
dirigiéndose a mí.

“Bien hecho, siervo fiel,”
dirá.
Y mi corazón,
cansado de tanto latir por cosas pasajeras,
latirá una última vez
solo para romperse en gozo eterno.

Mis heridas ya no dolerán.
Serán testigos de amor,
no de derrota.
Y mis lágrimas serán recogidas
como perlas de oración
en la copa de los santos.

Los que amé estarán allí,
no como los recordaba,
sino como Dios los soñó.
Y yo también,
me veré completo por fin,
sin miedo,
sin culpa,
sin preguntas sin respuesta.

Allí no habrá relojes.
Solo eternidad
bordando melodías
con cada paso de los redimidos.

Y cada nota
dirá lo que toda mi vida quise escuchar,
pero solo Dios podía decirlo con verdad:

“Te vi.
Siempre te vi.
Siempre te amé.
Bienvenido a casa.”

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