A veces oro
y el cielo guarda silencio.
No hay trueno,
ni voz,
ni señal en el viento.
Solo mi corazón latiendo
como si aún esperara respuesta.
Y sin embargo, amo.
Amo como quien espera lluvia en el desierto,
aunque el sol lo parta en dos.
Amo como quien extiende los brazos
sabiendo que quizá nadie vuelva.
Porque he entendido que amar
es parecido a la fe:
dar sin promesa,
quedarse sin garantía,
creer aunque no se vea.
Dios no siempre habla,
pero el amor sí.
Habla con gestos,
con memoria,
con las pequeñas cosas que no mueren
aunque todo cambie.
Y si alguna vez
alguien me pregunta por qué sigo amando
a quienes se fueron,
o por qué abrazo a quien dice no merecer amor,
responderé:
Porque así me amó Dios a mí.
Cuando no creía en mí.
Cuando tampoco sabía quedarme.

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