No fue un instante, ni una decisión aislada, ni siquiera un pensamiento claro lo que la condujo hasta ese borde; fue, más bien, una lenta desintegración del alma, como si cada día hubiese arrancado de ella una pequeña certeza, una pequeña luz, hasta dejarla finalmente en una penumbra donde ya no era posible distinguir entre vivir y simplemente permanecer. Hay sufrimientos que no hieren la superficie, sino que penetran como una humedad invisible, deshaciendo desde dentro la estructura misma del ser; y quien no los ha conocido, habla con una facilidad casi cruel sobre la voluntad, sobre la elección, sobre la vida como si fuera siempre un terreno firme.
Pero ¿qué es la voluntad cuando el alma ha sido violentada? ¿Qué significa “elegir” cuando el interior ya no responde, cuando la memoria se convierte en un enemigo, cuando el propio cuerpo se vuelve un lugar inhabitable? No, no fue la muerte lo que ella buscó —eso sería concederle una claridad que tal vez nunca tuvo—; lo que buscaba era una forma de cesar, una suspensión del dolor, una tregua absoluta en una guerra que nadie más veía. Y quizá lo más terrible no era el dolor mismo, sino su soledad: ese saberse incomprendida, ese intuir que incluso el lenguaje se queda corto para explicar lo que ocurre en los abismos del alma.
Y, sin embargo, hay algo aún más misterioso... porque incluso en la ruina más profunda, el alma no deja de dirigirse hacia algo. Aun en la caída, aun en el gesto que parece negar toda esperanza, hay un movimiento oculto, casi imperceptible, que no es del todo desesperación, sino una forma distorsionada de súplica. Como si, incapaz de soportar más, el ser entero gritara sin palabras: “¡Basta, sálvame... aunque yo mismo no sepa cómo pedirlo!”
¿Y quién puede asegurar que ese grito no fue escuchado?
Nosotros vemos el acto final y nos detenemos allí, como si fuera una conclusión; pero Dios —si realmente es Dios— no mira los finales como nosotros, ni pesa los actos con la misma medida superficial. Él ve el tejido completo del sufrimiento, la historia secreta del alma, las noches en que nadie estuvo, los pensamientos que nunca encontraron voz. Donde nosotros tendemos a cerrar el juicio, Él apenas comienza a mirar.
Tal vez —y esto es lo único que nos queda decir con temblor—, tal vez en ese último instante no hubo una negación definitiva, sino un derrumbe total, una rendición que no fue contra Dios, sino ante el dolor. Y si eso es así, entonces su caída no es el final de su historia, sino el punto en el que, por fin, deja de sostenerse sola.
Y allí, en ese punto donde todo se rompe... comienza el misterio de la misericordia.
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