Hay un río que nace
del corazón del Padre.
Corre desde antes de los tiempos,
antes de que hubiera tiempos,
antes de que existiera un “antes”.
Ese río es Su amor.
Y yo, criatura quebradiza,
he bebido de mil pozos rotos
sin encontrar reposo.
Pero Él me llamó
desde la otra orilla:
—“Hijo, vuelve.
Mi río no se agota.”
Y yo, temeroso,
me acerqué a esas aguas
que no conocen corrupción.
Metí mis manos
y descubrí que eran claras
como la palabra que crea mundos,
y cálidas
como la voz que dijo “Sea la luz”.
Bebí.
Y en ese sorbo,
todas mis imágenes torcidas del Padre
se derritieron como cera.
Bebí.
Y aprendí que Su justicia
no es furia: es verdad que sana.
Bebí.
Y finalmente comprendí
que el nombre más profundo de Dios
no es Poder,
sino Paternidad.
Y me quedé junto al río,
porque quien lo prueba
ya no puede vivir lejos de Él.
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