Hay noches donde el Espíritu desciende
con una suavidad que rompe el alma.
No trae truenos ni terremotos,
solo un silencio que abre grietas
en la dureza del corazón.
Lo siento posarse
como un ave inmaterial
sobre los escombros de mis días.
Y al tocar mi herida,
la herida canta.
Y al tocar mi vergüenza,
la vergüenza ora.
Y al tocar mi sequedad,
mi sequedad florece.
Entonces descubro
que no vine a buscarlo;
Él vino a buscarme.
Y empieza a mover sus alas,
y el viento que nace de ellas
es más antiguo que las estrellas.
Ese viento sabe advertirme,
con un susurro firme y tierno:
“No te he amado menos
cuando te perdiste;
solo esperé más.”
Y yo me derrumbo,
no por tristeza,
sino porque al fin entiendo
que la verdadera fuerza
está en rendirse
al que jamás me abandonó.
Oh Espíritu,
vuelve a abrir tus alas
sobre mis ruinas,
y haz de mi vida
una melodía que pueda
acompañar Tu vuelo.
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