Madre…
No sé en qué momento
se me rompió el alma,
solo sé que cuando cayó al suelo
fuiste Tú quien se agachó primero
para recoger los pedazos.
Siempre pensé
que Tu manto era para los santos,
para los puros,
para los que entran al templo
sin temblar.
Pero te encontré
en el borde de mi noche,
cuando ya no quedaban oraciones,
cuando mis manos estaban vacías
y mi fe era apenas un hilo.
Te miré,
y no dijiste nada.
Solo abriste tus brazos,
y allí, sin reproches,
sin exigencias,
sin condiciones,
cabía mi dolor entero.
—“Madre, ¿por qué vienes a mí?”—
pregunté con voz rota.
Y Tú,
dulce como silencios antiguos,
susurraste:
—“Porque te vi llorar
y no soporté mirarte desde lejos.”
Me tomaste la cabeza
entre tus manos cansadas,
manos que una vez
sostuvieron al Infinito hecho niño,
y que ahora sostenían
a un pobre corazón extraviado.
Sentí entonces algo extraño:
no eras solo la Reina del Cielo,
no eras solo la Bendita entre todas,
eras una Madre real,
con lágrimas reales,
que entendía dolores reales.
Vi en tus ojos
la sombra del Gólgota,
el día en que el Hijo que criaste
pendía entre cielo y tierra
y Tú no podías soltarlo
ni rescatarlo,
solo acompañarlo.
Y comprendí que por eso me entiendes.
Tú conoces el filo del dolor,
la noche que parece eterna,
la herida que se abre
sin permiso.
Por eso, cuando empezaron a caer
mis lágrimas sobre tu manto,
no me apartaste.
Al contrario,
las recibiste
como si fueran tuyas.
—“Madre… he fallado tanto”—
confesé al fin.
Tú apoyaste tu frente en la mía
y tu voz tembló:
—“Hijo, el que no tiene heridas
no sabe amar.
Y el que regresa,
ya está en casa.”
Y allí supe
que ninguna oscuridad
es demasiado densa
para la Mujer
que llevó la Luz en su seno.
Allí supe
que ninguna culpa
es tan profunda
que el corazón de una Madre
no pueda alcanzarla.
Allí supe
que nunca estoy solo.
Porque cuando me pierdo,
cuando me quiebro,
cuando dejo de creer en mí misma,
Tú siempre llegas primero,
te arrodillas a mi lado,
y sin palabras
me muestras el camino
de regreso a tu Hijo.
Madre, quédate conmigo
hasta que mis lágrimas
se parezcan a las tuyas:
tranquilas, confiadas,
y llenas de Dios.
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