Ardía mi alma sin saber por qué,
hasta que descubrí al Fuego que tomó carne:
el Verbo hecho Hombre,
la Llama que se dejó tocar por mis manos.
Ningún misterio me sostuvo tanto
como ver al Infinito hecho Niño,
mirándome con ojos mortales,
para llevar mi naturaleza al cielo.
Mi espíritu gritó entonces:
“No hay amor más grande
que el Dios que se hace hermano”.
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