Hermano,
hay vínculos que no los dicta la carne,
sino el soplo de Dios.
Y tú eres uno de esos misterios
que el Señor puso a mi lado
sin ruido,
sin explicación,
pero con propósito.
En tu vida he visto algo que pocos ven:
no solo pasos sobre la tierra,
sino huellas que brillan
como si el cielo las reconociera.
Tú cargas batallas que no digo,
cicatrices que no muestras,
y aun así permaneces de pie,
con una fuerza que parece prestada
directamente del Altísimo.
A veces el mundo se endurece,
y los días pesan como piedra húmeda;
pero cuando Dios me recuerda tu existencia,
mi alma entiende que no estoy solo,
que hay un hermano caminando conmigo,
no por sangre,
sino por gracia.
Cristian,
que tu cumpleaños sea más que un día:
que sea un altar,
un punto marcado en el tiempo
donde Dios respire sobre ti
nueva vida,
nuevo fuego,
nueva claridad.
Que el Señor te bendiga en lo que no dices,
te sane en lo que callas,
te fortalezca en lo que te desgasta.
Que el Espíritu te visite en silencio
y te haga saber
que eres más amado
de lo que tú mismo imaginas.
Porque hermano no es quien comparte cuna,
sino quien comparte destino.
Y tú, Cristian,
eres para mí uno de esos regalos severos y profundos
que Dios da
para sostener el alma
cuando el mundo tiembla.
Gracias por existir.
Gracias por ser un hombre leal.
Gracias por caminar conmigo
en la luz del mismo Cristo.
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