Te busqué, Señor,
en lugares donde mi orgullo
podía esconderse.
Te busqué en libros,
en discursos,
en templos donde mi alma
intentaba parecer fuerte.
Pero no estabas allí.
Un día
—el más gris de mi vida—
me hallé a mí mismo
sentado en el piso,
con las manos vacías,
con la mirada perdida
y el corazón hecho pedazos
por culpas que nunca confesé,
por miedos que siempre escondí,
por heridas que nadie quiso ver.
Y entonces,
cuando más solo me sentí,
cuando pensé que cualquier dios
me habría abandonado hace tiempo,
cuando mis lágrimas
no tenían ya ni forma ni dignidad…
allí estabas Tú.
Pero no de pie,
no lejos,
no iluminado por gloria inalcanzable.
No.
Estabas sentado a mi lado.
Y también estabas llorando.
No llorabas por derrota,
ni por impotencia.
Llorabas por mí.
Llorabas por cada noche
que intenté cargarme a mí mismo.
Llorabas por cada mentira
que me conté para sobrevivir.
Llorabas por cada “estoy bien”
que dije cuando estaba roto.
Llorabas por cada oración
que quise decir,
pero solo salió un suspiro.
Y yo, al verte llorar,
me quebré como nunca.
—“Señor… ¿por qué lloras?”—
logré murmurar.
Y Tú,
con voz de ternura eterna,
respondiste:
—“Porque pensé que no llegarías.
Porque temí que tus heridas
se volvieran tu hogar.
Porque cada vez que te alejabas,
mi corazón te seguía.
Y porque ahora que estás aquí,
por fin puedo abrazarte.”
Y me tomaste en tus brazos
como si no hubiera pasado una vida entera
huyendo de Ti.
Como si no hubiera pecado,
fallado, fallado otra vez,
y vuelto a fallar.
Como si siempre hubiera sido Tu hijo,
y Tú siempre hubieras estado esperando
mi regreso.
Ese día aprendí
que el abrazo de Cristo
no necesita explicación,
solo rendición.
Y mientras me sostenías,
sentí que tus lágrimas
limpiaban las mías,
y que cada gota
era un acto de perdón
más profundo que cualquier palabra.
No dijiste más.
No hizo falta.
Porque en ese silencio
comprendí lo que había buscado
toda mi vida:
que en mi peor momento,
Tú no te apartas.
Te sientas a mi lado
y lloras conmigo
hasta que yo pueda volver a levantarme.

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