Antes de que el primer rayo
hiciera brillar las aguas del Edén,
antes de que los ángeles
entonaran su primer “Santo”,
antes incluso
de que el polvo conociera el aliento,
ya había en el Corazón del Padre
un nombre:
María.
No naciste como nacemos nosotros,
entre sombras que heredan sombras.
Tú fuiste pensamiento puro,
reserva secreta de santidad,
cáliz preparado
antes que existiera el vino,
templo construido
antes de que hubiese altar.
Dios miró la historia
—larga, rota, herida—
y en medio de todos los futuros posibles
te eligió a ti:
la que no caería,
la que no conocería corrupción,
la Tierra donde Él descansaría
sin espinas.
Y en aquel instante eterno,
cuando el Padre pensó tu nombre,
el universo tembló de alegría.
Porque en ti,
la humanidad por fin
vería cómo habría sido
si nunca hubieras caído.
Eras la nueva aurora
antes de que amaneciera.
Eras la rosa sin espinas
antes de que hubieran espinas.
Eras la sonrisa de Dios
antes de que el mundo
aprendiera a llorar.
Creciste como crecen las cosas santas:
en silencio.
Sin vanidad,
sin estruendo,
sin hacer ruido,
porque la gracia no hace ruido
cuando llena un alma entera.
Y cuando el Ángel llegó,
encontró una pureza
que no había visto
desde que el primer lucero
brilló sobre el vacío.
—“Llena de gracia,”—dijo—
porque no encontró hueco
donde la gracia no estuviera.
Oh María,
Tú no fuiste liberada después,
fuiste preservada antes.
Dios no te rescató del barro:
no permitió que tocaras el barro.
Te puso en Su mano
antes de que tus pies tocaran el mundo.
Y así,
cuando el Verbo eterno
buscó un hogar temporal,
no dudó,
no vaciló,
no miró otra opción.
Te escogió a ti:
la Inmaculada,
la que desde el primer latido
reflejaba Su luz
sin mancha.
Y hoy,
mientras la humanidad tropieza
como Adán entre hojas secas,
tú te alzas
como lo que debimos ser
y como lo que aún podemos llegar a ser
en las manos del Hijo que llevaste.
Madre Inmaculada,
haz de mi alma
un pequeño eco del tuyo.
Enséñame a decir “sí”
sin reservas,
a vivir sin dobleces,
a amar sin pecado.
Y cuando llegue la noche difícil,
cuando la culpa vuelva
a perseguir mis pasos,
acuérdame
con voz de ternura eterna:
“Hijo… yo fui preservada desde el principio
para acercarte al que puede
hacerte nuevo desde el final.”
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