Hay un jardín donde el Hijo camina
antes que amanezca la primera luz.
Las flores inclinan su rostro
como si reconocieran en Él
al que soñaron desde la eternidad.
Y cuando Él pasa,
sus pasos despiertan aromas
que no existen en ningún mundo,
porque nacen del amor que brota
entre el Padre y el Espíritu.
Allí me llevó un día,
sin merecerlo, sin buscarlo,
y yo, aturdido por la gloria,
no supe si llorar o cantar.
—“Hijo de David,”—dije,—
“¿por qué me traes a un jardín
que no pertenece a los hombres?”
Él sonrió con esa quietud
que hace temblar mis sombras,
y respondió:
—“Te traje para que recuerdes
lo que fuiste creado para contemplar.
Mis jardines no están lejos;
solo tu corazón lo estaba.”
Entonces vi que a su alrededor
cada pétalo era un misterio,
cada hoja una promesa,
cada brisa una caricia del Espíritu
que susurraba:
“Este es el Amado, escúchalo.”
Y comprendí que la santidad
no es una meta lejana,
sino el retorno al Jardín
donde Cristo espera.
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