Te miré,
y fue como si el sol decidiera ponerse solo para ti.
Como si la luz supiera que tu rostro era el lugar donde debía quedarse.
Todo brilló distinto.
Todo se detuvo.
No supe si fue la música,
tu sonrisa,
o el modo en que el mundo desaparecía cuando estabas cerca.
Solo sé que ese instante
fue mi hora dorada.
Y desde entonces,
cada vez que el cielo se pinta de fuego,
cuando el día se rinde al atardecer,
te recuerdo.
Y sonrío.
Porque tú eres eso en mi vida:
el momento más hermoso,
el más suave,
el más eterno,
aunque dure solo un segundo.
Y si alguna vez me pierdo,
si olvido quién soy,
si el mundo me cansa…
solo necesito verte otra vez bajo esa luz
para saber que sigo vivo.
Y que amarte fue lo más verdadero que hice jamás.

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