Te guardo como se guarda una fotografía:
con cuidado,
con miedo a que se rompa,
con amor por todo lo que representa.
Estás ahí,
aunque no estés.
Sigues en mi mundo,
aunque no podamos tocarnos ahora.
Y no sé si el tiempo nos va a devolver los días,
pero no me importa.
Porque lo que sentimos…
no se borra.
A veces miro el cielo
y me pregunto si tú también sientes lo mismo.
Si aún recuerdas mis manos,
mi voz diciéndote que todo iba a estar bien,
mi forma de amarte
como si no existiera nadie más.
No necesito verte para seguir amándote.
Te siento en las canciones.
En las noches largas.
En los silencios que hablan de ti.
Y aunque a veces duela —porque sí, duele—
prefiero eso a olvidarte.
Prefiero la nostalgia de haberte tenido
a la mentira de fingir que no significas nada.
Yo todavía te espero.
No con ansiedad.
No con prisa.
Sino con la certeza tranquila
de que hay amores que se llevan dentro,
que no necesitan más que el recuerdo
para seguir vivos.
Así que cuando te sientas sola,
cuando dudes de ti o del mundo,
piensa en mí.
Porque te amo.
Y mientras eso sea verdad…
no estás sola.
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