Si amarte es pecado,
entonces déjame arder.
Si tu piel es culpa,
quiero ser culpable una y mil veces.
Porque tú eres mi templo,
mi rito,
mi comunión.
Y cada vez que me miras,
algo dentro de mí se arrodilla.
No necesito catedrales,
ni santos de piedra,
si puedo rendirme ante tu verdad.
Tu risa es himno.
Tu voz, credo.
Tu cuerpo, fe.
No vine a adorarte por obligación.
Vine a entregarme sin condiciones,
a dejar que me rompas si hace falta,
porque prefiero caer contigo
que vivir entero sin ti.
Pueden llamarlo locura.
Lujuria.
Herejía.
Pero no entienden.
No han sentido lo que es tocarte el alma
como quien toca algo sagrado,
con miedo, con hambre, con devoción.
Contigo,
no amo desde la piel,
amo desde el abismo.
Y si eso me condena,
entonces bendita sea la condena.
Porque si hay algo sagrado en este mundo,
es el fuego que siento cuando te tengo cerca.
Y yo no quiero redención.
Solo quiero a ti.

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