A veces me pierdo en todo lo que fui.
En los días en que corría sin miedo,
en las tardes que sabían a libertad,
en los errores que dolieron
pero me enseñaron a amar con más verdad.
Y entonces apareces tú,
como un recuerdo que nunca viví,
pero que parece mío desde siempre.
Como ese lugar al que uno vuelve
después de andar muy lejos,
cansado, roto…
pero con la esperanza intacta.
Contigo no tengo que fingir.
No tengo que ser el de ahora ni el de antes.
Solo tengo que ser yo.
Y eso, para alguien como yo,
vale más que todo.
Tus ojos me recuerdan que aún hay fuego,
que aún hay risas que se sienten como la primera vez,
y que aunque el tiempo nos cambie,
el alma sigue sabiendo dónde está el castillo.
Ese castillo no está en la colina,
ni en los años que se fueron.
Está en tu abrazo.
En tu voz.
En esa forma tuya de decir mi nombre
como si yo nunca hubiera dejado de ser
el chico que soñaba con algo grande.
No sé a dónde vamos,
pero si es contigo,
no me importa.
Porque mientras tú estés ahí…
yo ya estoy en casa.

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