El tiempo pasa,
los días se hacen más cortos,
las noches más largas,
y a veces siento que el mundo se mueve
demasiado rápido para ti,
para mí,
para nosotros.
Tú has cambiado.
Yo también.
Pero en medio de todo ese cambio,
hay algo que sigue igual:
la forma en que te miro.
La forma en que te elijo,
una y otra vez,
incluso cuando no estás segura
de merecerlo.
Sé que a veces tienes miedo.
De lo que vendrá.
De que todo lo que eres no sea suficiente.
De que tus sueños se rompan por dentro
como cristales frágiles.
Pero mírame.
Aquí estoy.
No por costumbre.
No por promesas vacías.
Sino porque te amo en todas tus formas,
en todos tus días,
en cada una de tus versiones,
incluso en las que tú misma no sabes cómo abrazar.
Las noches cambian.
Los cuerpos cambian.
Las sonrisas a veces se desgastan.
Pero el amor verdadero no se va,
se queda en silencio
cuando las palabras ya no alcanzan,
te cubre cuando todo parece doler,
te espera sin preguntar cuánto tiempo más.
Y si alguna vez te preguntas si vales la pena,
si todavía brillas en medio de tanto cambio,
quiero que recuerdes esto:
a mí me sigues dejando sin aliento
cada vez que me miras,
como si fuera la primera vez.
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